domingo, 3 de noviembre de 2024

Grito

Hoy, por fin, después de mucho tiempo, me decido a escribirlo todo. A soltar todo, sea lo que sea que signifique eso. A gritar todo, aunque no haya ni un eco que me responda.

Desde pequeños hemos crecido con el cuento con final feliz. Aquel donde al protagonista se le presentaba un problema que le cambiaba la vida. Un problema, que invitaba a sacar el valor, la astucia, el coraje, la resiliencia, tras miles de aventuras y tropelías. No obstante, siempre, tras tremenda hazaña, nuestro querido personaje conseguía llegar al final y tras el fin, siempre hallaba  la solución,  la felicidad absoluta, lo que mas deseaba.

Fuimos creciendo y nuestra mente llenándose de mitos y leyendas, aunque nadie nos contaría que realmente muy pocos personajes acaban llegando al final de cuento de hadas que nos prometieron. No nos cuenta que a veces el viaje no está lleno de aventuras amables y que son pruebas de haber cuánto más puedes aguantar. Nadie te explica cómo se acumula el cansancio, cómo cada vez cuesta más ponerse de nuevo en pie y que las heridas sanan, pero dejan marca.

Aún así, decides seguir y pensar que sólo es un reto más y que lo bueno está aún por llegar. Sacas fuerza y decides ver grises entre tanta oscuridad. 

Continúas caminando una vez más. A veces el sendero transcurre por suaves llanuras, otras se retuerce y vuelve hacia atrás o incluso se eleva y se vuelve escarpado y aun así, sigues caminando.

Paso tras paso, cada vez estás más lejos del comienzo del viaje y más cerca de la meta, aunque no puedas llegar a verla. Hasta que un día, llega la más oscura tormenta y todo comienza a inundarse. El agua sube  y tú, sólo puedes intentar mantenerte a flote como puedes. Nadas y nadas, sin saber hacia dónde dirigirte, sólo con el pensamiento de sobrevivir una vez más y cuando crees que todo está al borde del desastre, la luz vuelve llegar.

Vuelves a respirar. Sientes cómo de nuevo el aire llena tus pulmones, cómo el nudo del destino que te atrapaba, se deshace y te deja escapar y quizás, ahí, sea en ese instante la parada, el final de tu viaje. El final de tu cuento. 

La alegría te invade y no puedes creerte que hayas llegado al final, pero lo que nadie te cuenta es que tus ojos se llenan de lágrimas y que todo lo callado comienza a aflorar. Inundando todo ese nuevo páramo en el que estás. Ahora, más que nunca sientes miedo, porque el final, no era un final, sino un nuevo comienzo, un nuevo camino que se abre y no sabes a dónde te llevará. 

Una vez más, cuando creías que eras libre, el hilo del destino, te vuelve a atar y empieza a empujar de ti. Sientes que necesitas que el mundo se pare, que no puedes más y aún así tienes que volver a andar. Intentas mirar atrás, quieres volver a casa, pero ya queda tan lejos, que sólo son viejas ruinas de un cálido recuerdo.

Nadie te dirá que lo único que quieres es salir corriendo y volver, a no sabes dónde, pero volver. Nadie te contará que cuando te mires al espejo no te reconocerás, ya no eres el mismo que empezó el viaje. Tus heridas, tus canas, tus experiencias y nuevos recuerdos, te mostrarán que nunca volverás atrás.

Gritas y gritas esperando a que alguien te dé la respuesta que estás buscando y sólo sientes el viento de ese nuevo lugar. Quizás, sea el momento de volver a ponerse en marcha una vez más o quizás sólo sea el momento de parar.

Quizás todo ese cuento que te enseñaron cuando aprendiste a leer sea sólo un trozo de papel mojado. Tal vez no sea la vida que anhelar, tal vez no sea el modelo a seguir.

Puede ser que ahora sea el momento, de reescribir tu propio cuento. Ser tú, el personaje principal de este nuevo capítulo. Ser tú quien tome el control de tu propia situación. Puede ser que ahora, en este nuevo lugar, te mires y no te veas igual, que hayas tenido que soltar lastre o que tantas partes de ti se hayan perdido que no sepas donde empiezas y terminas tú.

Quizás, lo que no te querían contar en las leyendas de dragones y princesas encerradas en altas torres es que nunca existe un final feliz. Que siempre hay algo que dejar para continuar, que siempre hay algo que dar para poder recibir. Tal vez eso sea el premio tras la ardua senda, un fruto agridulce, que cuanto más muerdes más agrio se siente y sólo tal vez, en tu mano está, el dejar que todo se vuelva ácido y amargo o que el dulzor gane a todo lo demás.

Sólo y tal vez, sea eso lo que los cuentos no nos querían contar.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Mar

Últimamente los días son más grises. Aún habiendo sol, este ya parece no calentar mi piel. Eso es lo que siento, mientras voy caminando. Un paso sigue a otro y yo mientras sin saber a dónde voy, me dedico a observar a mi alrededor.

Las calles, los edificios, se muestran ante mí. Aparentemente, todo sigue igual. Aparentemente. Abro aún más mis ojos y sin embargo, no consigo ver. ¿Qué es lo que quiero ver?, me pregunto.

Camino un poco más, como si algo quisiera encontrar. Mi mente parece desesperar y es cuando una fuerte ráfaga, consigue hacerme despertar. Un fuerte viento que intenta hacerme recordar. Por más que habla no lo consigo comprender. Sólo ruido.

Mis pasos, cada vez son más amplios, voy aumentado la velocidad, como si mi cuerpo quisiera echarse a correr, como si quisiera escapar. De este modo, la ciudad se va a quedando a atrás. El asfalto, el hormigón, desaparece, mientras que mi ansia por salir de ahí, crece.

De repente, paro en seco. Mi huida, si es que se la puede llamar así, toca fin. Alzo la mirada al frente y vuelvo un poco a la realidad. Ante mí, se encuentra el mar. Embravecido, como queriendo gritar. Cuánto, lo entiendo, mientras escucho sus olas con las rocas chocar.

El día, en esencia se muestra calmado, sin embargo, ese mar solo quiere arrasar. Es como si contemplara mi propio reflejo. Semblante tranquilo, pero con una tormenta en mi interior. Hace ya tiempo que esa borrasca de sentimientos, me aprisiona, amenazándome con hacerme estallar.

Hace ya que siento que soy un mero espectador. El mundo continúa girando y yo con él, pero siento que lo hago en sentido contrario. En estos pensamientos, me voy ahogando, mientras el viento y el sonido del mar, me abrazan, como queriéndome ayudar, o tal vez, soy yo queriendo buscar ese abrazo que ya no se puede dar.

El agobio aumenta, la respiración se agita y todos mis sentidos amenazan con desbordar y salir al exterior. Por mucho que vuelva a mirar, al frente, por mucho que el mar, me dé un breve destello entre sus mareas, ni siquiera él, parece ser el mismo. El mundo que recuerdo sólo son ecos que resuenan en mi interior. Todo ha cambiado.

Los colores, los olores, ya no son los mismos. Ni al aire, que habla un idioma que ya no consigo entender. Ahora, el lugar donde vivo, se ha vuelto más oscuro. Más lúgubre. Un lugar donde las sonrisas permanecen tapadas y donde cada uno va en su propia dirección sin percibir que hay nadie más.

La vida, el tiempo, parecen haber aumentado su velocidad y yo solo siento que enfrento una carrera que no puedo ganar. Sólo quiero tirarme al suelo y descansar. Volver a respirar.

Las piernas ya no quieren soportar, mi peso más y me tengo que sentar. Siento que la lluvia comienza caer dentro de mí. Mis ojos ya, vidriosos, a penas consiguen aguantar más y la inundación sigue su curso. Las lágrimas como ríos, comienzan a bajar por mis mejillas, sin importar lo que puedan arrasar.

Absorto de todo, luchando contra mi propia tempestad, la brisa, me trae una gota de ese mar, que frente a mí, ya nada tiene que callar. Esa gota, ese olor a sal, consiguen momentáneamente, hacerme parar. Como si se intentara lanzarme un salvavidas, rescatarme de mi propio mar en tempestad. Como si quisiera decirme que aquí está, que me entiende.

En ese instante, mi rostro, a modo de agradecimiento, muestra una leve y fútil sonrisa. Miro al frente, más calmado y pienso, en ese abrazo que ya no se puede dar, en ese calor que no se puede sentir, Sólo sentir ese abrazo, una vez más, que calme todas mis olas y que me haga sentir seguro, me haga volver a ser yo.




jueves, 2 de abril de 2020

Bola de cristal

Un rayo de sol se cuela entre la ventana y golpea directamente mi cara. Molesto, abro los ojos y me giro con la intención de volverme a dormir, pero en seguida suena el despertador rompiendo el silencio. Alargando el brazo intento apagarlo, sin mucho éxito, lo que hace que tenga que sacar medio cuerpo de la cama. El fresco de la mañana se aferra de mí, así que veloz apago esa estridente alarma.

Me pregunto por qué sigo poniéndola si ya no hace falta, mientras camino sonámbulo hacia la cocina. Tengo los ojos abiertos y aún noto que sigo soñando. La verdad, estos días, la sensación de que todo es un sueño, me invade continuamente.

El sonido del café subiendo me despierta de mi pequeño trance y corro a quitarlo del fuego. El profundo olor que posee comienza a invadir toda la cocina. Abro el armario, saco mi taza favorita, vierto el café y compruebo que estén listas las tostadas. Una vez todo listo, me siento y me dirijo a disfrutar de aquel desayuno.

Entre bocado y bocado, otra vez comienza a volver esa extraña sensación, mezcla de fantasía y nostalgia. Suspiro, tomo aire y vuelvo a suspirar. Últimamente noto que el tiempo se para y que los días se convierten en fichas de dominó que van cayendo lentamente, una sobre otra. Es curioso porque antes solía quejarme de no tener tiempo y ahora es lo único que tengo. 

Doy un sorbo al café y comienzo a pensar que a parte del tan preciado tiempo, ahora tengo una nueva compañía, el silencio. A veces, parece esconderse cuando enciendo el televisor o me pongo los cascos y escucho una canción, pero sin duda, ahora es el único que tiene permiso para pasear por las calles desérticas o para entrar y salir de donde quiera.

El sol ya, sin permiso alguno, entra por el ventanal del salón. Me acerco, con la taza en la mano, hacia aquel lugar. Comienzo a disfrutar de ese calidez que hasta no hace mucho me molestaba y contemplo las vistas.  

Hace semanas, esto hubiera sido impensable, sin embargo, ahora caminamos hacia lo desconocido. Ahora mi mundo, como el de muchas otras personas, se ha convertido en una bola de cristal. Nos acercamos a la ventana y al mirar, nada nos parece igual. Los coches parecen haber desaparecido y el recuerdo de su existencia queda en los ecos de sirenas que se escuchan a lo lejos. Entretanto, las personas se esconden y los pájaros ocupan su lugar, dándonos envidia de su libertad.

A pesar de que nuestras vidas parecen, cada vez más, pararse, hay otras cosas que quizás continúen con su propio ritmo. Por ejemplo, la primavera, impasible, sigue extendiéndose y tal vez, este año no vaya a ser, como de costumbre, tan colorida. Quizás porque la observamos tras el cristal o porque nos trae una gris realidad o tan sólo porque nos invita a la reflexión.

Esta primavera me hace pensar en lo que me importa de verdad. "Lo que me importa de verdad". Unas palabras que no paran de resonar en mi interior. Tomo aire y me dispongo a acabar con lo poco que queda de café.

Antes vivía dando por hecho, tantas cosas, era muy afortunado y sin ni siquiera lo sabía. Un día daríamos nuestro último abrazo a esa persona especial o sería la última vez que buscaríamos una sonrisa, de repente en un bar. Un día. Tan sólo un día hizo falta para aprender que tendríamos que esperar y que la palabra "aplazar" o "esperar" serían la regla a seguir.

El día transcurre y sigo con mi nueva rutina, llena de buenos propósitos, con tareas que siempre iba dejando o con actividades que siempre quería hacer, como leer aquel libro que estaba cogiendo polvo en la estantería. Casi siempre, se ven interrumpidas por alguna cara amiga que me grita a través de una pantalla y sin saber cómo todo pasa mejor.

No obstante, entre tanto pensamiento, pasa el día y cada tarde un aplauso parece desquebrajar mi jaula de cristal. Es entonces cuando mi mente deja de volar y me doy cuenta de que todo lo que conocía es un simple recuerdo. Todo comienza a llenarse de aplausos.

Tras unos minutos donde todos podemos sentir el aire de nuevo, las ventanas se cierran y vuelve a reinar el silencio y con él, el recuerdo de aquellos que ayudan y de aquellos que luchan por rascar unos segundos al tiempo.

La noche, ya entrada, hace que me apremie. Me ducho y ceno, y sin darme ni cuenta el día torna a su fin. Cojo los auriculares y me tumbo en mi cama. Tan pronto, caigo en el colchón, la música comienza a sonar. Los últimos pensamientos del día rondan mi cabeza, la mayoría miles de planes por hacer. Luego, los pensamientos se esfuman, la música comienza a diluirse y es cuando sé que palabras como "destino" o "futuro" no están a nuestro alcance. 

Mis ojos se cierran y unas palabras resuenan en mi mente: todo saldrá bien.