jueves, 23 de agosto de 2012

El diario.

A veces las personas creemos que somos reyes de todo, que todo está bajo nuestro control. Por eso cuando algo no sale como teníamos pensado, nos perdemos y nos sentimos confusos, sin saber ni a donde ir ni que hacer. 
Pero si eso que no podemos dominar, se llama tiempo, todo se vuelve aún más difícil.
Algo tan lejano, pero a la vez tan cercano, algo tan intangible y tan intenso del cual depende nuestra vida.
Parece importante, pero aún así, no nos damos cuenta o no queremos ver su importancia, y eso es algo que llevamos en nuestra naturaleza desde que nacemos. Aunque todo esto cambia cuando un día, te has dado cuenta de que ya ha pasado gran parte de tu vida, y de que el tiempo sigue corriendo cada vez, más y más rápido y al igual que te hizo aparecer en esto que llamamos mundo, te llevará y te hará desaparecer.

Cuando llegue ese día, querrás cambiar tú vida, y querrás aprovechar hasta el último segundo.
Te preguntarás, ¿ y ahora qué?, ¿ ya está?, ¿ eso es todo?.

Por eso disfruta de la vida, ríe, ama, sueña y llora; si llora porque llorar es bueno y no es de cobardes como mucha gente dice. Y llegados a este punto te diré, que el secreto de la vida es... 
Bueno, mejor no decirlo porque si lo desvelara, la vida perdería su sentido, y eso es algo que debes descubrir TÚ.

Vive y no te arrepientas de nada, aunque te equivoques y te caigas, porque como dicen de todo se aprende y de todo se sale.


                                                                                                                                    Arturo. 


Esta era la última página del diario de mi abuelo Arturo, la última y mi favorita.
Mi abuelo, Arturo Santander, fue un gran escritor además de ser una grandísima persona, o eso me han contado ya que no tuve la oportunidad de conocerle, ya que murió un año antes de que naciera

Pero según me contaba mi hermano, contaba unas historias increíbles, es más alguna me ha contado... pero eso eran otros tiempos.

Digo que eran otros tiempos porque todo ahora es diferente.

Todo cambió un frío mes de enero. Era el cumpleaños de Pablo, mi hermano, cumplía 20 años, yo por aquel entonces tenía 6 años, por lo que no recuerdo muy bien todo. Pero lo poco que recuerdo de aquel día, y de lo que he podido ir recordando a lo largo de estos años, preferiría poder olvidarlo.

Ese día cenamos toda la familia junta, incluso vino nuestra abuela de Madrid a vernos. Yo de la cena, no me acuerdo muy bien, supongo que la típica comida familiar. Aunque aún recuerdo como mi madre le decía a Pablo que pidiera un deseo, y de como este soplaba las velas para después cantarle el cumpleaños feliz. Después al poco rato, se iba porque había quedado con sus amigos y su novia para celebrar su cumpleaños.

Recuerdo que aquella noche tenía más sueño del habitual, supongo también que tener toda la familia en casa y ser un crío, pues eran factores bastantes influyentes. Así que me fui a dormir al poco de irse mi hermano.

A la mañana siguiente, lo poco que recuerdo es a mi abuela en mi cuarto despertándome, con aquella voz tan dulce, que tenía y que hoy en día a pesar de los años sigue teniendo.
-Cariño, despierta.
Pero aquella mañana, su voz no era tan dulce y delicada como de costumbre.

Enseguida me desperté después de hacerme un poco el remolón en la cama, pasando por alto aquel detalle.
Me dirigí a la cocina a desayunar. La abuela me había preparado tostadas y leche con colacao bien calentita.

-Si has terminado, ve al baño y arréglate.
- Pero, ¿ por qué?, no quiero, abu,- dije con la típica voz de niño pequeño.
- Anda, cariño, venga,- me respondió con voz afable.

Fui al baño, sin muchas ganas. No entendía porque tanto interés en que me arreglara. Hacía frío aquella mañana, y encima iba descalzo, mas que con unos calcetines, costumbre que a pesar de los años sigo haciendo. Me lavé los dientes y la cara, y enseguida me fui a mi cuarto, donde estaba mi abuela, preparándome la ropa.
Yo me senté en la cama, mientras la observaba. Sacó un traje de vestir, una camisa y unos zapatos.

- Álex, venga vamos que te tienes que poner guapo.
- Pero, abu... ¿ quién se casa?,- pregunté extrañado.

Ella solo sonrío ante aquel comentario, para luego poner un gesto serio y preocupado, pero a la vez relajado.

- Verás, Álex...- dijo mientras me abrochaba la camisa,- no nos vamos de boda.
- ¿ Y a dónde vamos entonces?.
- Vamos a...- tragó saliva, respiró hondo y continuó,- vamos a decirle adiós a tu hermano.
-¿ Adiós?, pero...¿ por qué?,- pregunté confuso,- ¿ es que se va de viaje?.
- Sí.
- ¿ A dónde se va?, ¿ se va muy lejos?,- pregunté inocentemente.
- Sí, se va muy lejos.- se tomó otra pausa y siguió,- al cielo, cariño.

En ese instante los ojos grises de mi abuela se humedecieron y brillaban más que nunca.

- Pero... ¿ y cuando vuelve?,- pregunté.
- Álex, cariño mío, no va a volver,- dijo con la voz casi quebrada.

Yo no sabía que pensar, sentí miedo, pero mi abuela continuó.
- Ya sabes, que a tu hermano, le gustaban muchos las estrellas, y... ha decidido ir para conocerlas.
- Pero... ,- dije en un sollozo, que avisa de un llanto que no tardaría mucho en llegar,- ¿ por qué no va a volver?.
- Porque, quien decide ir a conocer las estrellas, no.. no puede volver,- respondió mi abuela con los ojos ya bastantes empapados, de los cuáles las lágrimas querían escapar.

En seguida, me puse a llorar, no podía comprender todo aquello. Era demasiado para un niño de 6 años, y para cualquier persona de cualquier edad. Solo quería llorar.

- Cariño, no llores,- pude oír, entre mis llantos. La voz de mi abuela estaba ya totalmente rota por el dolor, me abrazó con fuerza y pude notar, como las lágrimas de aquellos ojos grises caían en mi camisa.

No sé cuanto estuvimos así, ni en que momento se separó mi abuela de mi, para secarme las lágrimas y decirme con su dulce voz, " cariño, no llores, tu hermano no quiere que estés triste, él te quiere y siempre se acordará de ti".
Esas palabras, actuaron en mí, como un bálsamo para que parara de llorar. Inmediatamente después, mi abuela me dio un beso en la mejilla y me continuó vistiéndome. 

Después de eso, todo lo que recuerdo es confuso y borroso. Recuerdo cosas sueltas, como que fuimos a misa, caras tristes y serias.

La verdad es que ese día, fue muy largo para mi familia. Mis padres llegaron tarde del entierro de mi hermano, mientras que yo me quedé en casa con mi abuela, ya que como pude saber más tarde mi abuela no quería dejarme solo, aparte de no encontrarse con fuerzas para ir.

Estuve llorando durante una semana entera, pero como en todo en la vida, nos terminamos acostumbrando a todo, y mi familia y yo tuvimos que aprender a acostumbrarnos a estar sin él.

Bueno acostumbrarnos no fue tarea fácil para algunos...

Mi madre tardó en recuperarse, y mi padre no la comprendía, y esto se traducía en continuas discusiones en casa. Y así continuó todo, hasta que cumplí  nueve años, mis padres se separaron.
Por aquel entonces era más consciente de las cosas, y recuerdo que me puse a llorar, en cuanto me lo contó mi madre. Me fui corriendo al desván, y así fue como encontré el diario de mi abuelo, y de como en él, con sus palabras, encontré un hueco donde perderme y evadirme de la realidad.