Poco a poco pasaban los días, y con ellos, se esfumaron nuestros miedos, para dar paso a alguna que otra palabra. Palabras que dejaban escapar alguna que otra sonrisa, al principio tímida, pero con el tiempo sinceras.
Conforme pasaban las semanas, íbamos conociéndonos, lentamente, intentando calmar una incesante curiosidad por saber de la otra persona, con la que tendríamos que compartir muchos días.
Fuimos aprendiendo a ver más allá de aquella primera impresión, y a apreciar cada detalle. Al igual que tuve que aprender que aquella suave brisa que eras, se podía convertir en un fuerte huracán, que podía demostrar toda su fuerza.
Aunque también aprendí, que al igual que venía la tempestad, llegaría la calma.
Lo que nunca sabría es que esa calma que nunca había encontrado llegaría de ti, en forma de un simple abrazo. Aparentemente nada especial, o eso pensaba yo, hasta que me demostraste que un abrazo podía parar el mundo, y hacerte olvidar de todo.
Todo no fue perfecto siempre, pero supimos hacer de cada instante un momento único e inolvidable.
Quizás lo que ahora es todo, podría haber sido nada. Quizás fue un capricho del destino, no lo sé, pero sí sé que la brisa igual que viene se va.
Pero yo no tengo miedo porque aunque se vaya, yo sé que siempre una parte de ti, siempre quedará en mí.
Tal vez ese día llegó, y no nos dimos cuenta, o puede que no, y nunca suceda. Aunque estoy completamente seguro que mientras en nosotros quedé aquello que nos unió, todo esto nunca morirá.
Me hubiera gustado prometerte que todo sería perfecto, que todo sería un camino de rosas sin espinas, pero nada es fácil, y tendremos que tropezar y caer, al igual que nos tendremos que levantar. Y ahí sí que te prometo que estaré, cuando necesites una mano que te ayude a levantar, te la daré, cuando necesites un hombro en el que llorar, lo tendrás, y cuando necesites alguien en quien confiar ahí me verás.
Cuando te levantes te devolveré aquel abrazo que me diste y en tu oído soplaré: Te quiero y siempre te querré.