jueves, 26 de junio de 2014

Aquella ciudad gris, con personas sin vida.

El estridente despertador sonaba sin parar otra mañana más y como otro mañana más abrir mis pesados ojos comencé a remolinear en la cama. A continuación como de costumbre paraba el despertador y me quedaba un par de minutos con la mirada perdida mirando al techo, mientras mi cabeza se hacía la misma rutinaria pregunta, "¿ hoy será el día?".

Tras este momento de reflexión que se repetía cada día, comenzaba mi rutina. Levanté la persiana y enseguida el sol me golpeó la cara, cegándome unos instantes. Enseguida pude ver algo más que su cálida luz, la imagen de una ciudad que ya llevaba tiempo despierta. Las calles llenas de coches y de gentes que articulaban las arterias de aquella ajetreada ciudad que parecía seguir un rumbo, el cual  yo desconocía. Al igual que mi vida.

Hace mucho tiempo que sentía como vagaba por un mundo en el que nadie se percataba de mi presencia, en el que tenía que complacer a todo el mundo. Pero a menudo me preguntaba si realmente estaba viviendo mi vida o la vida que los demás querían para mí. Quizás fuera como aquellos coches y gentes que circulaban dejándose llevar, sin cuestionarse el porque de ese rumbo. Quizás fuera una pieza más del puzzle que habían intentado modelar para que encajara perfectamente en aquella amalgama de fichas. Quizás todo estaba bien así...

Y con este pensamiento comencé aquella mañana, aunque sin yo saberlo en ese momento ya había nacido o estaba apunto de nacer mi nuevo yo.

Era un jueves del mes de octubre, donde los cálidos rayos del sol parecían resistir a irse a pesar del ya entrado otoño. Como un jueves más me dirigía en coche a la facultad, tarareando alguna canción que sonaba en la radio. Entre canciones pronto llegué a la universidad, aparqué y comencé a dirigirme hacía mi facultad. Mientras andaba me fijaba en todo aquello que me rodeaba, y solo podía ver a chicos con su lujosos y nuevos coches que seguramente sus padres ricos le habían regalado y chicas luciendo su último modelito que sin duda les habría costado un dineral. Solo podía ver un mundo en el que sentía que no encajaba pero en el que sin saberlo había aprendido a transitar.

Pronto llegué a aquel edificio, majestuoso, que parecía estar modelado sin ninguna imperfección, como todo lo que le rodeaba. Entré y recorrí aquellos enormes pasillos para comenzar las clases de nuevo.

Tras varías horas de aburridas clases, por fin salí. Miré el reloj. "Mierda", pensé. Había quedado con mis padres y con Nuria para comer y sino me daba prisa me pillaría todo un señor atasco para llegar al centro de la ciudad, donde había quedado con ellos.

Me dirigía al coche a paso ligero casi corriendo, cuando me encontré con Pedro, mi mejor amigo.
- ¿ A dónde vas con esas prisas, chaval?,- me gritó a lo lejos.
- Voy al centro que he quedado, y no llego, a la noche te llamo, va?,- le respondí a la vez que le hacía un gesto de adiós con la mano y me metía en el coche.

Inmediatamente arranqué el coche, encendí la música y puse rumbo a aquel restaurante de lujo. Por suerte parecía que no había mucho tráfico, aunque aún me quedaba un buen rato para llegar. Mientras iba tarareando alguna canción como de costumbre sonó el móvil, y acto seguido se activó el manoslibres del coche. 
- Hey guapa, ¿ qué tal?,- solté al ver que era Nuria.
- Bueno, bien... oye Sergio,- me respondió en un hilillo de voz.
- ¿ Qué es lo que sucede ahora, Nuria?.
- Eso quisiera saber yo Sergio,- se hizo el silencio por unos instantes y continuó,- hace tiempo que quería hablar contigo de esto... verás, yo, he conocido a otra persona, y...
- No, no me cuentes nada más, pero respóndeme sólo una pregunta,- le interrumpí,- si de verdad me has querido alguna vez, ¿ por qué no me lo has dicho en persona?, ¿ por qué por teléfono?.
- Quizás era la forma más fácil para los dos,- me respondió y se hizo el silencio de nuevo
- Bueno Nuria, te dejo que voy conduciendo,- y le corté.

Me tragué mi orgullo y todas las palabras que me habrían gustado soltarle, pero simplemente apagué la música y me concentré en la carretera hasta llegar al restaurante.

Cuando llegué al centro, aparqué el coche en una pequeña calle cerca del centro. Apagué el motor, cogí aire y eché a andar. Al poco ya estaba entrando en aquel lujoso restaurante que tanto frecuentábamos. Me quité la chaqueta mientras saludaba con la cabeza a algunos de los trabajadores del local y me dirigía a nuestra mesa habitual, donde ya se hallaban sentados mis padres.  

Antes de nada, he decir que mis padres son las típicas personas adineradas que están preocupadas exclusivamente por el éxito y las apariencias. Mi padre es un abogado de bastante prestigio, con un bufete en el mejor sitio de la ciudad, con miles de casos, bla bla bla... y mi madre es una mujer que se acostumbrado a vivir la buena vida y que lo único que le importa es que todo sea perfecto para no decepcionar a su elitistas amistades.

- Hola cariño, que guapo estás,- me decía mi madre mientras se acercaba a darme dos besos,- ¿ y Nuria?,- me preguntó.
- No ha podido venir, le han cambiado una exposición a esta tarde y no ha podido acercarse,- mentí mientras intentaba aparentar absoluta normalidad.
- Pues casi mejor, así podemos hablar más tranquilos, sentaros,- respondió mi padre.

Sin dudar, nos sentamos y acto seguido mi padre continuó hablando,- bueno, ¿ Cómo te va con los estudios?.
- Bien, con exámenes,- respondí mientras me acomodaba bien en la silla.
- Seguro que sobresaliente como siempre,- respondió mi madre con una sonrisa mientras me apretaba la mano cariñosamente.
- Eso le vale, porque tenemos que hablar de tu futuro,- siguió mi padre hablando.
- Bueno tú dirás, papá,- dije mientras llamaba al camarero con la mano.
- Ya he dispuesto todo para que puedas venir a hacer las prácticas al bufete.
- ¿ Y quien te ha dicho que vaya a hacer las prácticas en el bufete?.
-¿ Cómo?, ¿ Qué dices?,- gritó sorprendido,- No sabes bien lo que dices.
- No sé lo que digo,¿ o simplemente no te digo lo que te gustaría oír?.
- ¡ Pero semejante estupidez he de oír!,- gritó aún más fuerte mi padre.
- No discutáis y bajad la voz, que nos está mirando todo el mundo,- nos dijo mi madre casi susurrando.
- ¡ No!, no mamá, no me voy a callar, estoy muy harto de todo,- respondí enfurecido
-¿ De qué se supones que estás harto, niñato malcriado?,- soltó mi padre.
- ¡Harto de pensar, hacer y decir solo lo que vosotros queréis!. Solo pensáis en vosotros mismos, en vuestros intereses en el que dirán, pero, ¿ alguna vez se os ha ocurrido pensar qué es lo que quiero o lo que siento?, o al menos en qué pienso,- grité dejando aquel comedor en silencio.
- ¡ No te hemos educado así para que nos hables de esta forma!,- gritó mi madre,- te hemos dado todo Sergio...
- Cierto, me habéis dado de todo. Una educación, los mejores colegios, todos los caprichos. Nunca me ha faltado de nada, ¿ o quizás sí?.
- ¿ Pero qué estás diciendo niñato?,- respondió mi padre mientras daba un golpe en la mesa y se ponía de pie.
- Os estoy diciendo que soy todo lo que vosotros queréis que sea, sin que cuente mi opinión para nada. Sí, papá. enhorabuena me he convertido en una copia de ti. He estudiado la carrera que tú querías, porque era la que más convenía, ¿ pero acaso me has preguntado una vez que quería?. ¿ Acaso no soy mayor ya para elegir mi vida y lo que me conviene?,- grité mientras también me ponía en pie.
- No sabes lo que te conviene,- me respondió mi padre y acto seguido me dispuse a irme de aquel lugar.
-¿ A dónde te crees que vas?,-me gritó por última vez.
- Lejos de aquí,- le dije mientras les sonría y les hacía un corte de mangas a la par que toda la gente del local soltaba un "oh" de fingido horror.

Una vez hecho esto salí corriendo de aquel lugar, con una sensación, que más bien era una mezcla de enfado,rabia, alegría pero sobre todo libertad. Pronto llegué a mi coche y me fui de allí a toda velocidad con rumbo a no sé donde, pero lejos de aquella cárcel, de edificios grises y vidas vacías. Con rumbo a lo desconocido, con rumbo a encontrar todo aquello que había perdido o que ni siquiera había logrado conocer, rumbo a vivir por fin.


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Todos estos recuerdos bombardeaban mi cabeza en el silencio de aquella habitación. Pero ahora todo eso me daba igual, porque tras el encuentro con aquella misteriosa chica, Carol, por fin mi vida, comenzaba a llamarse vida.