Me pregunto por qué sigo poniéndola si ya no hace falta, mientras camino sonámbulo hacia la cocina. Tengo los ojos abiertos y aún noto que sigo soñando. La verdad, estos días, la sensación de que todo es un sueño, me invade continuamente.
El sonido del café subiendo me despierta de mi pequeño trance y corro a quitarlo del fuego. El profundo olor que posee comienza a invadir toda la cocina. Abro el armario, saco mi taza favorita, vierto el café y compruebo que estén listas las tostadas. Una vez todo listo, me siento y me dirijo a disfrutar de aquel desayuno.
Entre bocado y bocado, otra vez comienza a volver esa extraña sensación, mezcla de fantasía y nostalgia. Suspiro, tomo aire y vuelvo a suspirar. Últimamente noto que el tiempo se para y que los días se convierten en fichas de dominó que van cayendo lentamente, una sobre otra. Es curioso porque antes solía quejarme de no tener tiempo y ahora es lo único que tengo.
Doy un sorbo al café y comienzo a pensar que a parte del tan preciado tiempo, ahora tengo una nueva compañía, el silencio. A veces, parece esconderse cuando enciendo el televisor o me pongo los cascos y escucho una canción, pero sin duda, ahora es el único que tiene permiso para pasear por las calles desérticas o para entrar y salir de donde quiera.
El sol ya, sin permiso alguno, entra por el ventanal del salón. Me acerco, con la taza en la mano, hacia aquel lugar. Comienzo a disfrutar de ese calidez que hasta no hace mucho me molestaba y contemplo las vistas.
Hace semanas, esto hubiera sido impensable, sin embargo, ahora caminamos hacia lo desconocido. Ahora mi mundo, como el de muchas otras personas, se ha convertido en una bola de cristal. Nos acercamos a la ventana y al mirar, nada nos parece igual. Los coches parecen haber desaparecido y el recuerdo de su existencia queda en los ecos de sirenas que se escuchan a lo lejos. Entretanto, las personas se esconden y los pájaros ocupan su lugar, dándonos envidia de su libertad.
A pesar de que nuestras vidas parecen, cada vez más, pararse, hay otras cosas que quizás continúen con su propio ritmo. Por ejemplo, la primavera, impasible, sigue extendiéndose y tal vez, este año no vaya a ser, como de costumbre, tan colorida. Quizás porque la observamos tras el cristal o porque nos trae una gris realidad o tan sólo porque nos invita a la reflexión.
Esta primavera me hace pensar en lo que me importa de verdad. "Lo que me importa de verdad". Unas palabras que no paran de resonar en mi interior. Tomo aire y me dispongo a acabar con lo poco que queda de café.
Antes vivía dando por hecho, tantas cosas, era muy afortunado y sin ni siquiera lo sabía. Un día daríamos nuestro último abrazo a esa persona especial o sería la última vez que buscaríamos una sonrisa, de repente en un bar. Un día. Tan sólo un día hizo falta para aprender que tendríamos que esperar y que la palabra "aplazar" o "esperar" serían la regla a seguir.
El día transcurre y sigo con mi nueva rutina, llena de buenos propósitos, con tareas que siempre iba dejando o con actividades que siempre quería hacer, como leer aquel libro que estaba cogiendo polvo en la estantería. Casi siempre, se ven interrumpidas por alguna cara amiga que me grita a través de una pantalla y sin saber cómo todo pasa mejor.
No obstante, entre tanto pensamiento, pasa el día y cada tarde un aplauso parece desquebrajar mi jaula de cristal. Es entonces cuando mi mente deja de volar y me doy cuenta de que todo lo que conocía es un simple recuerdo. Todo comienza a llenarse de aplausos.
Tras unos minutos donde todos podemos sentir el aire de nuevo, las ventanas se cierran y vuelve a reinar el silencio y con él, el recuerdo de aquellos que ayudan y de aquellos que luchan por rascar unos segundos al tiempo.
La noche, ya entrada, hace que me apremie. Me ducho y ceno, y sin darme ni cuenta el día torna a su fin. Cojo los auriculares y me tumbo en mi cama. Tan pronto, caigo en el colchón, la música comienza a sonar. Los últimos pensamientos del día rondan mi cabeza, la mayoría miles de planes por hacer. Luego, los pensamientos se esfuman, la música comienza a diluirse y es cuando sé que palabras como "destino" o "futuro" no están a nuestro alcance.
Mis ojos se cierran y unas palabras resuenan en mi mente: todo saldrá bien.
