Últimamente los días son más grises. Aún habiendo sol, este ya parece no calentar mi piel. Eso es lo que siento, mientras voy caminando. Un paso sigue a otro y yo mientras sin saber a dónde voy, me dedico a observar a mi alrededor.
Las calles, los edificios, se muestran ante mí. Aparentemente, todo sigue igual. Aparentemente. Abro aún más mis ojos y sin embargo, no consigo ver. ¿Qué es lo que quiero ver?, me pregunto.
Camino un poco más, como si algo quisiera encontrar. Mi mente parece desesperar y es cuando una fuerte ráfaga, consigue hacerme despertar. Un fuerte viento que intenta hacerme recordar. Por más que habla no lo consigo comprender. Sólo ruido.
Mis pasos, cada vez son más amplios, voy aumentado la velocidad, como si mi cuerpo quisiera echarse a correr, como si quisiera escapar. De este modo, la ciudad se va a quedando a atrás. El asfalto, el hormigón, desaparece, mientras que mi ansia por salir de ahí, crece.
De repente, paro en seco. Mi huida, si es que se la puede llamar así, toca fin. Alzo la mirada al frente y vuelvo un poco a la realidad. Ante mí, se encuentra el mar. Embravecido, como queriendo gritar. Cuánto, lo entiendo, mientras escucho sus olas con las rocas chocar.
El día, en esencia se muestra calmado, sin embargo, ese mar solo quiere arrasar. Es como si contemplara mi propio reflejo. Semblante tranquilo, pero con una tormenta en mi interior. Hace ya tiempo que esa borrasca de sentimientos, me aprisiona, amenazándome con hacerme estallar.
Hace ya que siento que soy un mero espectador. El mundo continúa girando y yo con él, pero siento que lo hago en sentido contrario. En estos pensamientos, me voy ahogando, mientras el viento y el sonido del mar, me abrazan, como queriéndome ayudar, o tal vez, soy yo queriendo buscar ese abrazo que ya no se puede dar.
El agobio aumenta, la respiración se agita y todos mis sentidos amenazan con desbordar y salir al exterior. Por mucho que vuelva a mirar, al frente, por mucho que el mar, me dé un breve destello entre sus mareas, ni siquiera él, parece ser el mismo. El mundo que recuerdo sólo son ecos que resuenan en mi interior. Todo ha cambiado.
Los colores, los olores, ya no son los mismos. Ni al aire, que habla un idioma que ya no consigo entender. Ahora, el lugar donde vivo, se ha vuelto más oscuro. Más lúgubre. Un lugar donde las sonrisas permanecen tapadas y donde cada uno va en su propia dirección sin percibir que hay nadie más.
La vida, el tiempo, parecen haber aumentado su velocidad y yo solo siento que enfrento una carrera que no puedo ganar. Sólo quiero tirarme al suelo y descansar. Volver a respirar.
Las piernas ya no quieren soportar, mi peso más y me tengo que sentar. Siento que la lluvia comienza caer dentro de mí. Mis ojos ya, vidriosos, a penas consiguen aguantar más y la inundación sigue su curso. Las lágrimas como ríos, comienzan a bajar por mis mejillas, sin importar lo que puedan arrasar.
Absorto de todo, luchando contra mi propia tempestad, la brisa, me trae una gota de ese mar, que frente a mí, ya nada tiene que callar. Esa gota, ese olor a sal, consiguen momentáneamente, hacerme parar. Como si se intentara lanzarme un salvavidas, rescatarme de mi propio mar en tempestad. Como si quisiera decirme que aquí está, que me entiende.
En ese instante, mi rostro, a modo de agradecimiento, muestra una leve y fútil sonrisa. Miro al frente, más calmado y pienso, en ese abrazo que ya no se puede dar, en ese calor que no se puede sentir, Sólo sentir ese abrazo, una vez más, que calme todas mis olas y que me haga sentir seguro, me haga volver a ser yo.
