Este micro relato, es para una lectora muy especial, espero que lo disfrute, y felicidades.
Ella una chica cualquiera, feliz, encantadora y simpática. Pero todo esto solo cuando se encontraba delante de la pantalla, bajo la colcha de su cama, hablando hasta altas horas de la noche, con él.
Él, al otro lado de la conversación, mucho más lejos de lo que ambos desearían, y un único sentimiento compartido.
En cambio la realidad, era muy distinta.
Ella una chica cualquiera, escondida tras una sonrisa, algo desencantada con el mundo y especial a su manera.
En su cabeza, una única imagen, la de aquel chico que nunca había visto en persona, del cual solo conocía aquella cálida melodía que la embriagaba cuando hablaban por teléfono.
Todas estas cosas pasaban por su mente mientras caminaba. Sin embargo algo la despertó de sus más profundos pensamientos.
Quizá fuera el frío que acariciaba su piel y le hacía estremecerse o quizás fuera los últimos y débiles rayos del sol, que lograban escapar de aquel atardecer encapotado.
Fuera lo que fuera, decidió parar y disfrutar de aquel maravilloso espectáculo que le ofrecía la naturaleza.
Contemplaba embelesada, como aquel tímido sol de noviembre, desaparecía por momentos y se perdía entre las olas del mar, y con él, se perdía su mirada ante aquel espectante horizonte.
Le gustaba imaginar que detrás de aquella línea que separaba el mar del cielo, se encontraba él, viendo lo mismo que sus ojos podían percibir. Aunque más le gustaba la idea de sentirse, arropada por sus brazos, por su cuerpo, que la protegiese de aquella brisa cortante.
Su mirada ahora quebrada por todo aquellos posibles, que se transformaban en imposibles, quedó perdida, ante aquel atardecer, que la abrazaba y la partía en dos.
Cuando la oscuridad comenzó hacerse presente, decidió darle la espalda a ese paisaje que tanto la hipnotizaba, no sin antes, soltar entre un suspiro un “never let you go”.
El camino a casa, se le hizo largo y pesado, mientras dejaba todo aquello atrás, y la noche iba cayendo.
El frío se hacía aún más contundente, pero por suerte le quedaba poco para llegar.
Aquella tarde, no tenía clases de alemán, ni de baile, ni ganas de nada. Solo ganas estar en casa, cambiarse de ropa, entrar en calor y dejarse llevar.
Ya en casa, se dirigió a su cuarto, esquivando las miradas de todos aquellos que vivían allí.
Cuando estaba apunto de cerrar la puerta de su habitación, una mano se lo impidió.
-¿Qué quieres?,- preguntó ella, con desgana.
- Hoy han traído esto para tí,- dijo aquella voz,- te lo dejo en tu mesilla.
¿Algo para mí?, pensó extrañada.
Se acercó a la mesilla. Y cogió ese sobre morado y lo abrió.
En su interior, una postal con la famosa puerta del Sol de noche. Le dió la vuelta inmediatamente leyendo su mensaje.
Princesa, te espero a las 12 en aquel mar del que tanto me hablas. No faltes, te espero.
Al leer aquello, se le cayó la postal. Solo podía ser él, pensó.
Cogió una chaqueta, y su pañuelo de la suerte. Lo olió, y sintió la fuerza que le serviría como impulso, para salir de casa, sin dar explicaciones y sin mirar atrás.
Corría, feliz, no sentía el frió, ni las pequeñas gotas que empezaban a caer.
Solo podía pensar en él, y correr mientras se le dibuja una sonrisa.
No sabía cuanto tiempo tardó en llegar, pero lo importante es que ya estaba allí.
Respiró profundamente, intentando recuperar su aliento. Miró el reloj, las 23:50.
La playa era demasiado grande para encontrarle, pensó. Así que decidió dejarse llevar por su intuición.
Caminaba lento, sintiendo el helor en cada pisada, mientras su corazón palpitaba al compás.
Seguía hacia adelante, hacia la oscuridad, sin miedo alguno, más segura de sí misma que nunca.
De repente, algo le impedía caminar. ¿ El motivo?. Los brazos de aquel muchacho que rodeaban su cintura.
- Has venido...- susurró él en su oído.
Ella sintió como su piel se erizaba ante el contacto de aquella voz, con lo más hondo su ser.
De forma instantanea se giró, mirándole a los ojos, acariciando su rostro por primera vez.
- A... Al.. Álvaro,- consiguió decir, en un suspiro, que se perdía transformado en vaho.
- Felicidades,- respondió él.
- Pero, sí aún no es mi cumpleaños,- contestó, con una sonrisa pícara.
Entonces, en ese mismo instante, un pitido intermitente, les interrumpió.
- Felicidades preciosa,- volvió a decir él, y sin esperar un minuto más, se acercó más ella y la besó.
Se fundieron en un beso, que paraba el tiempo, que iba más allá del pensamiento, uniéndolos en un único ser.
Un beso, que desafía las leyes de la naturaleza, un beso sencillamente...
Inolvidable.
Esto podría ser el fin de esta historia, sin embargo esto tan solo fue su comienzo.
El principio de otras tantas historias, anécdotas y futuros recuerdos. De todo esto y más, juntos. Ya nada ni nadie los podría separar, porque desde ese mismo instante pasaron de ser un él y un ella, para convertirse en un ellos, o quizás, mejor dicho, en un nosotros.
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