domingo, 1 de julio de 2012

El despertar.

Ahí estaba yo entre una marea de gente que se dispersaba en todas direcciones, intentado buscar el anden para no perder el tren. Por fin tras ir siguiendo carteles e ir esquivando a la muchedumbre, pude llegar hacia él casi por los pelos.
En cuanto subí, a los pocos minutos se puso en marcha. Mientras yo, fui a dejar mi maleta, más bien mi bolsa de deporte en un pequeño departamento donde quedaba un hueco.
Tras dejar la bolsa, me dispuse a buscar mi asiento, que finalmente encontré casi al final del vagón. Allí estaban una mujer con una niña pequeña rubia con pecas, a las que saludé con un cordial buenos días.


Enseguida me incorporé en mi asiento, me puse mis cascos, y giré mi cara hacia al cristal, viendo como poco a poco íbamos dejando la ciudad atrás.
Al poco, el paisaje comenzó a hacerse monótono, así que deje mi mirada fija en ningún punto en concreto mientras la música y mis propios pensamientos me llevaban a un estado de paz interior, que incluso me llevó a cerrar los ojos en algún momento.


En uno de los momentos en los que aparté mis ojos del cristal, me encontré con otros ojos de color verde esmeralda, vivos, brillantes, llenos de ilusión y alegría. Eran los de la niña que estaba en frente de mi compartiendo asiento, ya que los asientos iban de cuatro en cuatro, dos de los cuales eran para ella y su madre y los otros dos restantes, eran el mío y otro que se encontraba libre.


Volví a girar mi cabeza hacia el cristal de nuevo, cerré los ojos una vez más y me quedé dormido. Pero al poco pude notar como un brazo me apretaba con más o menos intensidad y moviéndome de forma suave. Abrí mis ojos lentamente, y pude ver como aquella madre intentaba despertarme.


- Perdón, por despertarte,- dijo casi en un suspiro,- necesito que me hagas un favor, chico.


En ese instante, la verdad me mosqueé un poco, no me conocía de nada para despertarme y encima pedirme un favor, pero puse mi mejor sonrisa y actitud, olvidándome de mi siesta.
- Vale, pero dígame de que se trata,- le contesté con tono afable.
- ¿ Podrías cuidar de mi hija un momento? Es que necesito ir un momento al servicio.
- Claro, no se preocupe.
-Muchas gracias, chico, ahora mismo vuelvo.
- De nada, estese tranquila,- le contesté mientras le sonreía y miraba a aquella chiquilla que me sonreía, con aquella sonrisa mellada  por la edad.


La mujer enseguida se marchó, eché una última mirada a la niña, y cogí mi móvil. Más encenderlo vi la foto que tenía de fondo, era Lidia, se me hizo un nudo en el estómago.
Mientras estaba mirando el móvil, aquella chiquilla, se había cambiado de asiento, y se había colocado justo  al lado mío.


- ¿ Es tú novia?,- preguntó con curiosidad.


Sorprendido me giré y me volví a encontrar con sus ojos verdes y aquel rostro tan lleno de vida, con unos pequeños hoyuelos provocados por su tan expresiva sonrisa.


- Pues...- no sabía ni como responderle, no me salían las palabras pero, aun así continué,-no, no le es... bueno, éramos novios, ya no.
- Joo, que pena,- respondió con muesca de disgusto,- es muy guapa, como tú, hacéis muy buena pareja,- y volvió a sonreírme. Ante aquel comentario no pude evitar sonreír.


- Muchas gracias, y dime, ¿ tú como te llamas?.
- Me llamo Carolina, pero me llaman Carol, ¿ y tú?.
- Yo soy Daniel, pero todos me llaman Dani, encantado,- le contesté mientras le ofrecía mi mano para que la estrechara, cosa que hizo al poco con su pequeña mano.
- ¿ Y a dónde vas? ,- me preguntó mi pequeña ,curiosa ,nueva amiga.
- Pues voy a ver a una amiga.
- ¿ Es la chica de tú móvil?,- volvió a preguntar.
- Si,- le contesté con sinceridad,- ¿ y tu a dónde vas?.
- A ver a mis abuelos,- me contestó mientras me sonría de nuevo,- viven en un pueblo cerca de Valencia.


En ese momento, llegó la madre de aquella chiquilla, la cual, se abalanzó enseguida a abrazarla.
- ¡ Mami!, gritó Carol nada mas verla.
- Jajaja, ¿ tanto me has echado de menos?, respondió aquella madre llamada Luisa, como pude averiguar más tarde.
- Mami, ¡va a buscar a su novia!.
- ¿ Cómo dices?, -preguntó extrañada Luisa.
- Sí, Dani, va a ir a buscarla para hacer las paces.
-  Pero, ¿ qué te he dicho de ser tan cotilla?, -corto tajante Luisa.
- Mujer, no pasa nada, la chiquilla me pregunto y yo le contesté,- respondía quitando hierro al asunto.


Se hizo el silencio y continué.
- Bueno Carol, ahora me toca a mi ser un poco cotilla, cuéntame algo de ti.
- Pues a ver... ¡ mira!,- dijo llevándose un dedo a la boca,- se me mueve este diente.
- ¡ Vaya!, ¿ así que pronto vendrá el ratoncito Pérez, no?.


Y sin saber por qué, no pusimos todos a reír.


La tarde pasó bastante rápido y entretenida con chistes, anécdotas e historias, como esta que nos estuvimos contando.


- Mami, ¿ ya estamos llegando?,- preguntó mi nueva pequeña amiga, con voz de cansancio.
- Ya, casi hemos llegado, mira,- respondió señalando el cristal.- ¡ Ya se ve, el castillo!.
-¡ A ver, a ver!,- gritaba Carol pegando su cara al cristal.


Yo solo podía sonreír, al ver aquella niña tan feliz, con esos ojos verdes llenos de la ilusión propia que se tiene a su edad por todo. En el fondo la envidiaba, quería volver a tener esa alegría, por todo, por descubrir, sentir y vivir lo que me rodea, como si fuera la primera vez que me sucediera.


- Bueno, nosotras ya nos bajamos aquí,- dijo Luisa, haciéndome volver de mis pensamientos.
- ¿ Ya?,- pregunté sorprendido,- Como se pasa el tiempo...
- ¿ Tú, dónde te bajas, Dani?.
- Pues, en la siguiente estación, supongo que me quedan como unos diez minutos.
- Jooo, vente con nosotros,- respondió triste, aquella pequeñaja.
- Jajajaja, no puedo.- Prométeme que vendrás a vernos, anda.- Claro que sí, dame tu dirección y me paso a veros, en cuanto pueda,- le dije con una enorme sonrisa.- Mami, dame un papel y un boli, por favor.- Un momento,- respondió mientras rebuscaba en el bolso,- Toma.
Carol inmediatamente se apoyó en el cristal, mientras escribía la dirección.-¡ Toma!,- decía, mientras sonría como habitualmente parecía hacer.
Inmediatamente el tren comenzaba a aminorar su velocidad hasta pararse. Les ayudé con su equipaje y me despedí de ellas. Al poco me fui a mi asiento, me senté y pude ver por el cristal como madre e hija se marchaban poco. Pero de repente, Carol a lo lejos echaba a correr de nuevo hacía el tren.En seguida me levante, y fui corriendo a la entrada del vagón. Al poco aquella pequeña niña rubia, se echaba en mi brazos, abrazándome como pocas veces me habían abrazado, y dándome un beso en la mejilla, a la vez que me susurraba un "Suerte" en el oído.Y por dónde vino se fue corriendo.Volví a mi asiento, de nuevo y esta vez pude observar como madre e hija se despedían de mí moviendo sus manos. A lo que yo les respondí con mi mano, y con una gran sonrisa.
Suerte. Esa palabra no paraba de sonar en mi mente, a la vez que se mezclaba con los latidos de mi corazón. El momento se acercaba, y aun no había pensado como afrontar todo lo que me venía encima.Pero, para cuando me disponía a pensar sobre ello, una voz que anunciaba la siguiente estación, no me lo permitió.
Cogí mi bolsa, y me dirigí a la puerta de salida, mientras el tren frenaba bruscamente.
El corazón, me latía más fuerte a cada paso que daba. Y a cada paso que daba me encontraba más cerca de aquel momento. Pero para ello tendría que buscar, la plaza del pueblo y ya allí preguntar donde estaba la calle, tal y como me había dicho Lucía.
Así que dicho y hecho, poco a poco me fui adentrando en aquel pequeño pueblo de costa, de casas blancas, y con geranios, que parecía mas bien una postal típica de Andalucía.




Poco a poco, iba llegando a mi destino mientra se me perlaba la frente de pequeñas gotas de sudor.
Aún me esperaba una última cuesta, interminable y más empinada que las demás. Y al llegar a la cima, como si de una montaña se tratase, pude ver aquella plaza. Repleta de niños jugando al balón, de ancianos hablando y jugando al domino, de pandillas de jóvenes. Sonreí al llegar. Lo había conseguido.


Pronto sin saber por qué, me fije en una chica. Llevaba un vestido blanco, que le contrastaba con su piel dorada gracias al sol. De repente, como quien quiera la cosa, me dio un vuelco el corazón. 
No podía ser, pensé.
Era ella, sin duda, su largo pelo castaño, aquella piel algo más morena. Era ella.
No tarde ni un momento, el cansancio fue sustituido por un tipo de fuerza, que hizo que fuera rápidamente hacia ella como hace un imán con un trozo de metal.


¡ Lidia!, ¡Lidia!, gritaba sin parar.


Pronto aquella chica se giró, al igual que media plaza tras oír mis gritos.
Me acerqué a ella con el corazón que se me salia del pecho.
- Pero... ¿ qué haces aquí?,- preguntó extrañada.
- Yo... ,- intenté decir mientras agonizaba a causa de la fatiga,- que guapa estás,- conseguí decir.
- ¿ Has venido hasta aquí solo para decirme eso?,- me contestó de forma fría.
- Anda, dale una oportunidad, al chaval,- dijo una anciana que se encontraba en un banco cercano.
- ¡ Abuela, calla!, respondió ruborizada Lidia.
- ¿ Podemos hablar?,- pregunté.
- Sí... claro, pero vámonos de aquí, anda.


Acto seguido me cogió del brazo y me llevo por una callejuela, lejos de aquella plaza.
- Dime,- dijo,tajante, mientras me soltaba del brazo.
- Te...
- No me vengas ahora con te quieros, Dani,- dijo sin dejarme terminar la frase.
- Déjame, hablar por favor,- le respondí amablemente.
- Está bien. habla,- me contestó con una sonrisa fingida.
- Verás... ahora mismo te preguntarás, qué hago aquí. La verdad, ni yo mismo lo sé realmente. Lo único que sé, es que necesitaba verte,- suspiré y tras una pausa continué,- necesitaba verte, porque después de verte aquel día llorando, no he podido dormir, ni pensar, ni nada. Supongo que pensarás que vengo aquí para pedirte perdón, para decirte que te quiero mucho, que lo siento, y todas esas cosas. Pues la verdad es que podría, pero no, hoy no vengo por eso.
- Entonces, ¿ para que vienes?.
- Vengo para que vuelvas a brillar.
- ¿ Brillar?.
- Sí. Vengo para que vuelvas a sonreír, a ser feliz, a brillar.
- ¿ Y quién dice que no sea feliz?, preguntaba mientras me volvía a regalar una falsa y fría sonrisa.
- Tus ojos.
-¿ Cómo?.
- Sí. Desde que te conocí, en lo primero que me fije fueron en tus ojos, unos ojos que rebosaban alegría, que brillaban a juego con tu sonrisa. Unos ojos que antes de conocernos, ya me decían que tu y yo estábamos hecho el uno para el otro. Unos ojos que decían tantas cosas... y ahora no dicen nada.


En ese momento, algo en ella reaccionó, como si hubiera pulsado una tecla, e inmediatamente su mirada fue a parar al suelo.


- Ven,- soltó en un tímido suspiro.


La seguí hasta al final de aquella calle, que terminaba en un amplio mirador con vistas al mar.
- Aquí es donde vengo, desde que era pequeña, a perderme un poco del mundo,- decía mientras se apoyaba en la barandilla.- Realmente no estoy enfadada contigo por lo que hiciste, sino que en ese momento sentí como decepción y miedo a la vez. Y ahora que he conseguido no pensar en ti, vienes, aquí, y me dices esto. Ufff, Dani, ¿ por qué lo hiciste?.
- No lo sé...
- Y tras pensarlo mucho yo...
- Te quiero, - le dije mirando fijamente a los ojos.
- ¿ Cómo has... dicho?,- preguntó casi sorprendida.
- Te quiero, te quiero, te quiero. Y te lo diré mil veces si hace falta.


Y en ese momento, como la primera vez que la vi, el tiempo se volvió a parar.
- Te quiero,- dije de nuevo, y la besé.


Un beso tierno, cálido, que llenaba mi cuerpo de vida de nuevo.
- Yo también, cariño, mi vida, te quiero, te amo,- me respondió Lidia emocionada.
- Te amo, respondí.


Y la volví a besar, un largo beso, que podría parar el tiempo para siempre, un beso que decía, nunca jamás te dejaré ir.


Entonces me separé de sus labios, la abracé, la miré a los ojos, y ahí estaba aquel brillo, que me enamoró, ese brillo dorado, ahora por el atardecer. Ese brillo que decía todo y que no decía nada.








FIN.









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