domingo, 11 de agosto de 2013

Chica misteriosa

Tras pasar la primera noche en aquella casa de mi infancia, el sol comenzaba a asomarse por la ventana, golpeándome bruscamente la cara.
Pronto el calor de aquella luz comenzó a mezclarse con el inconfundible olor a tostadas y a café recién hecho. Amaba esa esencia penetrante tan de mañana, que me invadía y me invitaba a levantarme.

Decidí levantarme para poner rumbo al lugar de tan suculento olor, la cocina, donde se encontraba mi abuela.

- Buenos días abuela,- solté tras un pequeño bostezo.
-Buenos días cariño, ¿ qué tal has dormido? ,- me contestó con su tan característica sonrisa, que a pesar de los años, seguía siendo la misma.
- Pues no muy bien abuela, no sé si será el colchón, el silencio que hay aquí o qué, pero estoy muerto... - le respondí mientras me sentaba a la mesa.
- De verdad, desde que os fuisteis a la ciudad te has vuelto de un tiquismiquis...
- Pero que no es eso abuela, que...
- ¡ Come que se te enfría!,-  dijo con voz firme pero dulce sin dejarme apenas terminar de hablar. Así que me cogí una tostada y comencé a untarla de mantequilla y mermelada.
-Abuela, no hacía falta que me hicieras el desayuno.
- No seas tonto y come. Ya ves tú lo que me cuesta,- me respondió mientras se sentaba en una silla enfrente mía.- Y bueno...- hizo una pausa y prosiguió,- ¿ Saben tus padres que estás aquí?.
- Pues...- tomé un sorbo de café y continué.- Pues no, nadie sabe que estoy aquí. Y antes de que me eches la bronca, déjame que te explique.
-No hace falta que me digas nada, yo también fui joven pero esta noche sin falta llamas a tus padres,- dijo con voz firme pero dulce mi abuela.

Durante unos instantes, mientras me terminaba el café y el resto del desayuno, me quedé observándola detenidamente. Fregaba los platos y andaba de un lado a otro sin parar siquiera un momento. A pesar de su ya avanzada edad, tenía como una fuerza interior que la empujaba a seguir hacía adelante y que a veces la hacía aparentar mucho más joven.
Aunque lo que más me llamaba la atención era su dulce rostro, a pesar de los años, seguía emitiendo esa serenidad tan característica de las abuelas. Pero sin duda, lo que más la distinguía eran aquellos ojos verdes, en los que recordaba verme reflejados cuando era pequeño. Ojos que por suerte había podido heredar.

Tras estar un tiempo perdido entre mis pensamientos, sonó mi móvil devolviéndome a la realidad. Me acerqué rápidamente y miré la pantalla. 
Dejé que sonara hasta que el silencio volvió a inundar aquel comedor. Acto seguido lo apagué y me fui a mi habitación a ponerme algo de ropa.

A los cinco minutos ya estaba en el porche diciéndole a mi abuela que me iba a correr. Enseguida me puse los auriculares y sin pensarlo dos veces eché a correr.

Pronto comencé a sentir el aire puro y fresco de aquel lugar perdido en la montaña chocando contra mi cuerpo, a la par que la cálida luz del sol parecía acariciarme. Era un sensación tan agradable que me invitaba a correr con mas ímpetu.
A eso se le sumaba una lluvia de recuerdos que me invadía mientras recorría aquellas calles de suaves pendientes. Todo seguía exactamente igual a como lo recordaba.
Tras una gran pendiente, llegué a la plaza del pueblo. Era pequeña pero con un gran encanto, liderada en el medio por una sencilla fuente. Alrededor de ella se mezclaban el refrescante murmullo de sus aguas con las voces de sus gentes.

Mientras pasaba aquel lugar, algún que otro vecino que aún me recordaba me saludaba, otros simplemente me sonreían o incluso me miraban extrañados, aunque para mi todo eso me era indiferente.

Seguí corriendo y perdiéndome entre aquel laberinto de calles que rodeaban a la plaza, entre las que me movía como un pez en el agua. Esas calles eran más estrechas y apenas recibían un ápice de luz, aunque no por ello dejaban de ser menos vistosas.
Girando entre una de las tantas casas de piedras, me paré en seco.

-No puede ser,- me decía para mis adentros, mientras me doblaba con mis brazos apoyados en las rodillas y  soltaba todo mi aire de golpe terminando en un gran suspiro.
Volví a levantar la vista y ya no estaba. Estaba completamente seguro. Aquel cabello, dorado, largo...

Cogí aire y me puse a correr de nuevo mientras me cuestionaba si todo aquello había sido una ilusión o una realidad. Quizás me estaba volviendo loco, pero, ¿ loco?, ¿loco por algo que ni siquiera sabía que existía?.
Me prometí a mi mismo que no volvería a pensar en ella, y comencé a correr todo lo rápido que podía para poder alejarme de aquellos pensamientos...

No mucho tiempo después llegué a casa, me duché, y me pasé el resto del día ayudando a mi abuela con sus cosas y yendo de un lado a otro haciendo visitas a vecinos y conocidos. Aunque fue un día ajetreado, no había un solo momento en el que no estuviera ella en mi pensamiento. Como cuál hechizo que se apodera de un alma débil, me iba consumiendo, hasta el punto de rozar la obsesión, y yo sin saber que hacer. Bueno, sí sabía que debía hacer. Volver a aquel lugar donde la conocí.

Otra vez más, al caer el sol, volví a aquel lugar. Silencio como melodía, un corazón a mil como compás de aquella situacíón. Allí me encontraba yo, en ese remoto claro del bosque, esperando ¿ a qué ?. Ni yo mismo sabía bien que hacía ahí. Me encontraba confuso y la idea de irme rondaba por mi mente, aunque la curiosidad me mataba.


Mientras mi parte racional y mi lado pasional se peleaban, pude sentir un escalofrío que se apoderaba de todo mi ser. Me giré y mi corazón comenzó a palpitar hasta casi el borde del colapso.

- ¿ Hoy también piensas quedarte ahí mirando?. Mi corazón volvió a dar otro vuelco, mi mente se quedó en blanco, mi boca se selló.
- ¿ Ya no te acuerdas de mi, verdad?,- preguntó aquella misteriosa chica que desde hace un día se había convertido en dueña y señora de mi razón.
- Emm... no ,- conseguí musitar.
- ¿ De verdad?,- preguntó sorprendida,- Me parece que solo tendré que contar a tu abuela,- decía mientras no dejaba de sonreír.
- ¿ De que conoces tú a mi abuela?,- solté casi gritando.
- Menos mal que me dijiste que nunca me ibas a olvidar, eh Sergio.

Y sin venir a cuento me dio un abrazo. En ese instante, me quedé inmóvil, rígido como una roca. Pero mientras transcurrían los segundos, la confusíón parecía alejarse de mí, y la abracé.

- Me alegro mucho de verte,- susurró en mi oído,- Soy Carol. Inmediatamente una corriente eléctrica inundó mi cuerpo y comenzaron a bombearme imágenes de aquella niña pecosa, de ojos azules y cabellos rubios, correteando por donde nos encontrábamos. Era ella, sin duda. Como podía estar ciego.

Ahora tenía ante mí a aquella niña que se había convertido en toda una mujer, esperando una respuesta, un gesto o una señal. No era capaz de articular palabra alguna, así que la abracé con todas mis fuerzas.
Ella lo notó, me dio un beso en la mejilla, y se marchó corriendo gritando al viento: "Mañana a las siete, aquí", mientras su voz y su risa se perdían entre las ramas de los ya desnudos árboles.




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