Se comenzaba a vislumbrar el fin de aquel día. Ya los
últimos rayos dorados, la brisa y la espuma del mar jugaban con aquel que
rostro, que se perdía ante aquella inmensidad.
El aire parecía introducirse en cada poro de su piel,
mientras que en su interior azotaba un fuerte vendaval. Un cúmulo de
sentimientos comenzaban a despertar, haciéndose notar.
Era imposible contener todos aquellos momentos vividos
juntos a él, aquellos atardeceres juntos, aquellos momentos que marcaban una
pausa en sus tan ajetreadas vidas. Ahora todo era tan distinto…
Su mente intentaba volar siempre hacia algún lugar donde
estuviera o le recordara a él. Era irónico pensar que lo que les separaba no
era un océano, como el que tenía a la vista, sino cientos de kilómetros de bastas
cordilleras, que se alineaban perfectamente, como barreras que no parecían
tener fin.
Mientras tanto las gotas de humedad jugaban a colarse por
cada hueco de su ser a la vez que su sensatez se diluía en aquella atmósfera
casi veraniega. Se preguntaba si aquellos ojos verdes habrían encontrado
alguien que supiera valorar su belleza, o si aquellos labios habrían encontrado
otros a los que besar.
Tantas y tantas veces deseaba estar a su lado, que cerraba
los ojos pensando en que cuando los abriera se encontraría en otro tiempo, en
otro lugar.
Pero lo que no sabía, es que tras aquellas montañas, mucho
más allá de donde se encontraba, había alguien que buscaba también respuestas a
las mismas preguntas.
Tras aquellas fronteras rocosas, se encontraba una gran ciudad,
la que tantas veces habían soñado con que fuera su ciudad. Aunque eso nunca
ocurrió, y eso es lo que precisamente atormentaba a aquel joven de ojos
esmeralda.
Él intentaba que aquel bullicio de ruidos emanados por esa
gran urbe, pudieran ahogar lo que sentía en su interior. Pero ni las mareas de
gente, que se intercalaban en todas direcciones, ni el ritmo incesante de
aquella nueva vida, podían evitar su desasosiego.
Sus pies, daban pasos, uno tras otro, con rumbo fijo al
azar, esperanzados de poder llegar a encontrar un instante de paz. Tan
enfrascado iba en aquellos pensamientos, que no se dio cuenta de en qué momento
los adoquines se habían convertido en un pequeño sendero de tierra y hojas caídas.
Siguió caminando y comenzó a notar como el aire se volvía
más puro, y fue entonces cuando se dio cuenta de donde estaba. Se había
adentrado en el pequeño pulmón de la ciudad. Un parque, lleno donde se
mezclaban el gorgoteo de las majestuosas fuentes, que recordaban a héroes ya
caídos, con el melodioso cántico de los pájaros.
Conforme se adentraba más pudo admirar como los últimos rayos del ocaso, tornaban a
dorado todo lo que tocaban. Esas últimas y cálidas ráfagas de sol, que le
recordaban al calor de esos abrazos que tanta echaba de menos. Esa calidez, que
le transportaba hacia aquel mar, que tanto anhelaba, y que tanto le había hecho
sentir.
Los aún fríos suspiros de la primavera, le erizaban la piel.
Sin embargo, eso no le parecía importar. Se quitó aquellas gafas oscuras de
sol, y decidió no esconderse más. Desde que había llegado a la metrópoli había
estado ocultándose, tras días grises, gentes desconocidas, lugares nuevos o
incluso tras aquellos cristales tintados para intentar evadir todos aquellos
sentimientos que le atormentaban y que amenazaban con salir al exterior.
Comenzaba a sentir como perdía aquella mordaza que él mismo
se había impuesto, y notaba como se iba liberando e iban saliendo cada una de
sus pesadillas. Sus ojos se volvían vítreos a la par que se le aceleraba el
corazón.
En su cabeza, los recuerdos viajaban de un sitio a otro sin
cesar, mientras, sus manos se llenaban de ira. Sabía que una simple llamada
podría solucionar todo, pero, la pregunta siempre era la misma, ¿por cuánto
tiempo? .
Echaba tanto en falta sus besos, su sonrisa, su voz, su
pelo… pero tenía miedo a emprender al
viaje, no tenía el valor para marcharse y aún menos para llegar a aquel mar.
Sólo pensaba que la vida continuaba sin aquellas pausas que
ellos dos juntos habían inventado. Y era por eso, que creía que ya habría
encontrado a otra persona con la que inventar un sinfín de cosas más.
No obstante, aunque la distancia fuera grande y sus miedos
lo fueran aún más, en el fondo sabían, que lo mismo que los había hecho
encontrarse una vez, quizás los volviera unir en otro tiempo, en otro lugar.
Por eso, decidieron poner rumbo fijo al azar.
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