miércoles, 20 de mayo de 2015

Rumbo fijo al azar.

Se comenzaba a vislumbrar el fin de aquel día. Ya los últimos rayos dorados, la brisa y la espuma del mar jugaban con aquel que rostro, que se perdía ante aquella inmensidad.

El aire parecía introducirse en cada poro de su piel, mientras que en su interior azotaba un fuerte vendaval. Un cúmulo de sentimientos comenzaban a despertar, haciéndose notar.

Era imposible contener todos aquellos momentos vividos juntos a él, aquellos atardeceres juntos, aquellos momentos que marcaban una pausa en sus tan ajetreadas vidas. Ahora todo era tan distinto…

Su mente intentaba volar siempre hacia algún lugar donde estuviera o le recordara a él. Era irónico pensar que lo que les separaba no era un océano, como el que tenía a la vista, sino cientos de kilómetros de bastas cordilleras, que se alineaban perfectamente, como barreras que no parecían tener fin.

Mientras tanto las gotas de humedad jugaban a colarse por cada hueco de su ser a la vez que su sensatez se diluía en aquella atmósfera casi veraniega. Se preguntaba si aquellos ojos verdes habrían encontrado alguien que supiera valorar su belleza, o si aquellos labios habrían encontrado otros a los que besar.

Tantas y tantas veces deseaba estar a su lado, que cerraba los ojos pensando en que cuando los abriera se encontraría en otro tiempo, en otro lugar.

Pero lo que no sabía, es que tras aquellas montañas, mucho más allá de donde se encontraba, había alguien que buscaba también respuestas a las mismas preguntas.

Tras aquellas fronteras rocosas, se encontraba una gran ciudad, la que tantas veces habían soñado con que fuera su ciudad. Aunque eso nunca ocurrió, y eso es lo que precisamente atormentaba a aquel joven de ojos esmeralda.

Él intentaba que aquel bullicio de ruidos emanados por esa gran urbe, pudieran ahogar lo que sentía en su interior. Pero ni las mareas de gente, que se intercalaban en todas direcciones, ni el ritmo incesante de aquella nueva vida, podían evitar su desasosiego.

Sus pies, daban pasos, uno tras otro, con rumbo fijo al azar, esperanzados de poder llegar a encontrar un instante de paz. Tan enfrascado iba en aquellos pensamientos, que no se dio cuenta de en qué momento los adoquines se habían convertido en un pequeño sendero de tierra y hojas caídas.

Siguió caminando y comenzó a notar como el aire se volvía más puro, y fue entonces cuando se dio cuenta de donde estaba. Se había adentrado en el pequeño pulmón de la ciudad. Un parque, lleno donde se mezclaban el gorgoteo de las majestuosas fuentes, que recordaban a héroes ya caídos, con el melodioso cántico de los pájaros.

Conforme se adentraba más pudo admirar  como los últimos rayos del ocaso, tornaban a dorado todo lo que tocaban. Esas últimas y cálidas ráfagas de sol, que le recordaban al calor de esos abrazos que tanta echaba de menos. Esa calidez, que le transportaba hacia aquel mar, que tanto anhelaba, y que tanto le había hecho sentir.

Los aún fríos suspiros de la primavera, le erizaban la piel. Sin embargo, eso no le parecía importar. Se quitó aquellas gafas oscuras de sol, y decidió no esconderse más. Desde que había llegado a la metrópoli había estado ocultándose, tras días grises, gentes desconocidas, lugares nuevos o incluso tras aquellos cristales tintados para intentar evadir todos aquellos sentimientos que le atormentaban y que amenazaban con salir al exterior.

Comenzaba a sentir como perdía aquella mordaza que él mismo se había impuesto, y notaba como se iba liberando e iban saliendo cada una de sus pesadillas. Sus ojos se volvían vítreos a la par que se le aceleraba el corazón.

En su cabeza, los recuerdos viajaban de un sitio a otro sin cesar, mientras, sus manos se llenaban de ira. Sabía que una simple llamada podría solucionar todo, pero, la pregunta siempre era la misma, ¿por cuánto tiempo? .

Echaba tanto en falta sus besos, su sonrisa, su voz, su pelo… pero  tenía miedo a emprender al viaje, no tenía el valor para marcharse y aún menos para llegar a aquel mar.

Sólo pensaba que la vida continuaba sin aquellas pausas que ellos dos juntos habían inventado. Y era por eso, que creía que ya habría encontrado a otra persona con la que inventar un sinfín de cosas más.

No obstante, aunque la distancia fuera grande y sus miedos lo fueran aún más, en el fondo sabían, que lo mismo que los había hecho encontrarse una vez, quizás los volviera unir en otro tiempo, en otro lugar.
Por eso, decidieron poner rumbo fijo al azar.






No hay comentarios:

Publicar un comentario