Caminaba y caminaba por calles vacías. Vías de duro
empedrado, donde el silencio era el único acompañante que a veces se veía
interrumpido por cada uno de sus pasos.
El frío calaba cada vez más profundo conforme la noche hacía
acto de presencia. Pero a ella no le importaba, sólo podía adentrarse más y más
por aquellas estrechas y sinuosas calles.
Perderse entre aquellos antiguos muros de piedra por los que
el tiempo no parecía pasar. Le encantaba recorrerlos con la mirada mientras
imaginaba las miles de historias que habrían podido observar. Celebraciones,
conquistas, despedidas, amores imposibles…y cientos de secretos, que aún en
día, seguían y muy probablemente seguirán ocultos.
Le encantaba pensar que esas murallas que se levantaban ante
sus pies estaban hechas de mucho más que de simples ladrillos. De sueños que
habían sido puestos uno encima de otro, formando así, aquella magnífica muralla
que un día fue camino entre lo real y lo onírico.
Aún podía recordar aquellas tardes en las que el tiempo
parecía dejar de fluir, y en las que aquellas calles se llenaban de risas y
promesas. Promesas, que vendían una vida juntos, viajes perfectos, futuros
hechos tan sólo de humo…
Promesas que el mismo aire, se llevó, al igual que a aquella
chica de vestido azul, que era feliz creyendo en sus palabras y que llenaba con
su risa aquellas calles.
Ahora todo aquello son ecos de un pasado, quizás no muy
lejano, pero si tan profundo, como para haber cambiado todo. Ya, no olía
azahar, ni había color, ni risas, ni ruido alguno. No quedaba nada, solo
oscuridad.
Mientras los minutos continuaban, las luces se encendían y
sus pasos se perdían ahora entre jardines de lo que fue un palacio. Tras
aquellas corazas de ladrillo y teja, se escondían hermosos jardines, que
podrían ser la envidia del mismísimo edén.
Entre flores, arbustos y setos, pudo encontrar un columpio,
en el cual se sentó. Se sentía algo cansada, sin embargo, con cada balanceo, se
hallaba mejor. Tan sólo, se encontraba ella, el frío de la ya prominente noche
y el chirrido de aquel columpio.
Y fue entre cada vaivén y entre aquellas luces y sombras del
jardín, como encontró la paz que tanto necesitaba. Si algo le había demostrado
aquel lugar, es que por eterno que parezcan las cosas, todo acaba pereciendo. Y
no por ello hay que sentir tristeza, sino aprender a ver lo que hay ante
nuestros ojos.
Había estado tan ciega, y la respuesta la tenía delante.
Aquellas murallas, le estaban diciendo tanto y ella nunca las quiso escuchar.
Allí estaban ellas, tan impenetrables e imperturbables, marcando límites y
haciendo de barreras, y sin embargo, a pesar de tener sólo por amiga a la
soledad, seguían en pie, y todo porque tenían algo a lo que proteger, a lo que
guardar con recelo. Su interior.
En ese instante, fue como aquella chica sin rumbo, sin color
y sin risa, entendió que no lo había perdido todo, que aún poseía lo más
valioso, que era su esencia, su interior. Aprendió que no debía creer en
aquello que se diluye en un soplo de aire fresco, sino en cada uno de las
inmutables columnas que conformaban su ser, y que con el trascurso del tiempo,
siempre permanecerían ahí y serían recordadas como aquellas murallas, a las que
ella le gustaba pensar que fueron construidas con sueños.

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